Crónica de un ser desobediente del sistema/cis-tema

Foto original: Jessica Marjane CDMX 2023//Edición: Lu Peláez

¿Alguna vez has sentido que algo en este mundo no encaja del todo como si la realidad fuera apenas una parte, un pedazo incompleto que no puedes ver, pero está justo ahí, al borde de tu percepción? ¿Alguna vez has sentido una tristeza tan profunda que no sabes de donde viene o una ansiedad que aparece sin razón lógica, como si algo invisible dentro de ti quisiera liberarse? Esas no son fallas, son señales. Hay un momento en tu vida en que todo comienza a desmoronarse, relaciones que antes te daban seguridad ahora se sienten vacías, metas que parecían importantes de pronto pierden sentido, sientes que tu interior está cambiando  pero no sabes ponerle nombre, sin embargo, tu pecho vibra a modo de una campana, como si siempre hubiera estado ahí esperando a que te dieras cuenta de ello. No es locura, ni una crisis sin propósito, eres tu cuestionando tus reacciones, en vez de justificar tus heridas, te detienes a escuchar el silencio de tu esencia por encima de un personaje construido. Es un llamado que llega como una brasa que te arde en el pecho, una llamada que no puedes ignorar más, es la verdad de tu identidad pidiéndote a gritos la dejes salir… De esto va esta crónica, tomando una cita de mi libro favorito “Demian” de Hermann Hesse “Quien quiera nacer tiene que destruir un mundo”, refiriéndose a la necesidad de romper con las estructuras, a la importancia de desafiar las normas para renacer a tu verdadera identidad, a la auténtica y conectada con tu propio ser.

El origen del caos

La vida es confusa, errática, un caos, al menos la mía lo es y puede que desde las miradas ajenas, el problema no sea la vida misma, sino yo, que siempre me he sentido en la lejanía de lo preestablecido, del supuesto deber ser, siendo “desobediente” de las normas, de todas, las que no comprendo, en las que no encajo, ni pretendo seguir.

Desde que llegue al mundo alguien más comenzó a construir mi identidad, me dieron un nombre, me impusieron un género acorde a mis genitales, una familia, una cultura, una religión, una educación, una historia ya prescrita, que acepte como propia porque no sabía que tenía otra opción, me dijeron cómo debía hablar, cómo vestir, que colores debía usar, cómo comportarme, había una serie de expectativas sobre una identidad que no elegí, era una historia con la cual no sentía ninguna conexión, en la infancia escuchaba “tú eres esto” y no podía protestar porque no tenía las defensas para hacerlo, porque todos esos argumentos venían de figuras de autoridad, de quienes querían lo mejor para mi, y tampoco es su culpa, no es culpa de nadie, también les fue impuesta esa programación, esa que es tan profunda que no sólo moldea la forma de pensar, sino también de lo que crees que eres, nos moldea un sistema que necesita mentes obedientes, cuerpos funcionales, conductas predecibles, energía que alimente estructuras, nos enseñan a vivir con el temor de que si no te adaptas, si no eres cómo las demás personas, te excluyen, utilizan el miedo como el más poderoso mecanismo de control. Nos enseñan a desconfiar, a silenciar la intuición, a temer lo diferente, a venerar lo aprobado por el sistema, no quieren conciencias que cuestionen. La mayor trampa de todas, es esa falsa paz que sientes, cuando no te arriesgas a romper esas cadenas invisibles con las que nos atan porque de hacerlo te sentirías culpable, entonces te sumerges en un silencio cómodo, alimentando esa supuesta paz, que no es más que una anestesia emocional sustentada por una de las herramientas favoritas del sistema para mantenerte en tu sitio, la culpa, mientras la sientas, tendrán la seguridad de que no harás nada “inadecuado”, pero la culpa tiene una prima aún más peligrosa, la duda. El peligro está en que se puede convertir en un arma de doble filo, al sentirla, puedes sufrir el temor de las consecuencias que vendrían de enfrentar ese umbral de cuestionamiento y quedarte en el espacio de esa supuesta paz que te da el seguir las normas impuestas por el sistema, o puedes utilizarla para romper el silencio, para atreverte a cuestionar, incluso tu propia existencia y arriesgarte a ser quien eres.

Fuera de lugar

Viene a mi mente un recuerdo de la infancia, el de los fines de semana viendo el futbol con mi papá, más allá de su adoración por su equipo favorito, nos hablaba, a mi hermana y a mí de jugadas, de estrategias, incluso de estadísticas de que equipo llegaría a la final. Tardes que guardo en la memoria con mucho amor, no tanto por el futbol, sino por estar con él, compartiendo una de sus pasiones, mi papá era muy reservado, callado, pero cuando se trataba de algo que le gustaba, era muy ameno, su humor era sarcástico, pero también era muy paciente, tal vez demasiado, porque para todo yo tenía un “por qué” y él trataba de explicarlo, de una o de mil formas posibles. Pero regresando a las tardes de futbol, recuerdo una frase que se utiliza para describir una de las jugadas y que a mí, sin entenderlo en ese entonces, me provocaba una sensación extraña, cuando escuchaba el “fuera de lugar” entendía el significado, pero había algo más y es que justo así me sentía, no con mi papá y mi hermana, porque ese era mi lugar seguro, me refiero a ese sentimiento de no pertenencia, en la escuela, cuando no encajaba en ninguno de roles de género y menos en el se suponía que me tocaba a mí; en algunas reuniones familiares a las cuales me obligaban a ponerme ropa que no sólo no me gustaba, sino con la que tenía muchísima incomodidad. Aunque en la adolescencia ya podía vestirme como quería, tengo presente aquel instante cuando en una salida escolar en donde se nos permitió ir sin uniforme que al momento de subir al camión dijeron “fórmense en dos filas, una de hombres y otra de mujeres” en el que por unos segundos me paralicé porque no sabía en qué fila formarme, fue una de esas ocasiones en las que me sentí “fuera de lugar”, sin embargo, no contaba con las herramientas necesarias para descifrar ese sentimiento, así qué sólo seguí con mi historia ya prescrita, con esa duda guardada en silencio y los sentires anestesiados. Aprendí a ocultar esas huellas, a caminar con ellas, a ponerme de pie y seguir ese “destino preestablecido”.

Tarde o temprano la duda toca a tu puerta…

Trabajando como docente, un día, al término de una clase que era la de inicio de curso y en la cual al pasar lista les pedí que me dijeran cómo podría nombrarles, se me acercó alguien y me dijo que no había dicho “presente” porque el nombre que estaba en la lista no era el que le correspondía, le pedí que me diera su nombre para corregirlo, y a al notar su nerviosismo le sugerí que si quería me buscara en el descanso para hablar del tema. Cuando escuché su historia, mi corazón latía muy fuerte,  una parte de mí no daba crédito a lo que escuchaba, y por alguna extraña razón, que no entendía en ese momento, sentía una gran empatía, más que eso, de alguna manera me identificaba. Quería ayudarle, pero no sabía cómo, no tenía idea ni siquiera de qué decir, fue la primera vez que oí la palabra trans, no entendía nada, pero ese día me prometí que algo así no me podía volver a pasar, tenía que saber qué hacer, así que me puse a investigar y lo que encontré fueron historias de terror, violencia, discriminación, crímenes de odio, un horror tras otro.

Aunque para ese entonces ya me asumía como una persona de la diversidad, mi escasa información y el miedo a que me descubrieran, me mantenía en silencio, en esa falsa paz que me daba aparentar ser “normal”, sin embargo, no podía seguir así, su historia me dio el empuje que necesitaba para querer saber más, para cuestionar-me, para incluso entenderme. Salté del internet a los cursos, no sé cómo llegué a un taller acerca de personas trans y entonces surgió un nuevo cuestionamiento ¿habrá sido que sentí tanta empatía con aquella historia porque también soy trans? Mi primera respuesta fue negarlo, no podía serlo porque lo que sentía era “no quiero que me maten por ser trans” y estuve en negación por un tiempo, tratando de evadir esos sentires. No obstante, los sentimientos son volubles y en la soledad que trajo la pandemia, en ese silencio abismal, los miedos que ocultaba aparecieron como murmullos, esa duda me volvió a susurrar, intenté cerrar los ojos, taparme los oídos, ya no podía escapar, cuando se vive con incertidumbre, en realidad no estás viviendo.

Navegando por internet, encontré un video donde hablaban de personas no binarias y entonces todo tuvo sentido, no era locura, ni confusión, sentirme “fuera de lugar” tenía una razón de ser, ya no tenía por qué sentir culpa por no encajar en la sociedad que impone el binarismo como la única norma aceptada.

A mis 40 años le pude gritar al mundo, virtual, porque época de pandemia, que soy una persona no binaria, y poco a poco fue entendiendo que no hay una sola forma de serlo, es un muy amplio espectro, en ese sentido también entendí esa familiaridad con lo que la sociedad asocia hacía lo masculino,  después de algún tiempo, por fin, pude comprender-me y decir-me soy una persona no binaria transmasculine, lo que significa que como persona trans no me identifico con el género que se me impuso al nacer, como persona no binaria, me identifico parcial, pero no en su totalidad con lo que se considera masculino, es decir, no soy hombre, y en definitiva tampoco mujer.

La destrucción de un mundo impuesto

La transición no es proceso cómodo, en momentos he sentido que me desmorono por dentro, que las viejas piezas de mi identidad se caen a pedazos, y está bien que así sea, porque esas piezas no eran mías, fueron construcciones externas, máscaras que me habían colocado en una obra de teatro que no elegí protagonizar. Al ir cayendo esas máscaras va quedando mi esencia, la cual no necesita la aprobación de nadie. Las personas trans creamos nuestro propio ser rompiendo los moldes impuestos por las narrativas forzadas, dejamos de seguir sus reglas y eso les aterroriza porque al control lo llaman prudencia, la represión la presentan cómo educación, el miedo lo imponen con la religión, la cultura, la política, incluso la ciencia, hasta confundirte y alejarte de quien eres, esos susurros son ecos del sistema, con los que se pretende disfrazar a la discriminación bajo el mandato de “el orden moral”. Esas voces hacen que te contengas, sonríes por fuera mientras algo por dentro quiere estallar, y hay algo aún más riesgoso, si el sistema te atrapa, absorbe tu energía, tu tristeza, tu confusión y terminas cargando con lo no es tuyo. A mí me pasó, sentía que me perdía, pero hay silencios que pesan más que una voz, entonces, a través del barullo de voces de mi locura pasada y mi futuro enloquecimiento, oí un sonido incongruente, no era externo, venía de adentro, un golpeteo en el corazón, no era malo, sino diferente, tarde unos instantes en calmarme y comprender lo que era, había tomado la decisión de decírselo a mis hermanas, las manos me temblaban mientras escribía, la luz parecía desvanecerse a mi alrededor, noté que mi mente se llenaba de recuerdos, de todas esas aventuras, complicidades, alegrías, incluso tristezas compartidas me invadían en un cumulo de emociones. El mensaje estaba enviado, sólo quedaba esperar su respuesta. Aparté la mirada de las palabras escritas con el corazón acelerado. Cada quien respondió a su manera y a su tiempo, pero ambas coincidieron en algo “te amo y sólo quiero que estés bien”. No ha sido un camino sencillo, aún de repente se equivocan de pronombre, y es entendible, no lo hacen con dolo, es la costumbre de la memoria de una identidad del pasado, que no era mía, que no era yo.

Mi despertar trans coincidió con el nacimiento de mi sobrino, terminó siendo un año difícil, emocionalmente hablando, todavía estábamos en pandemia, por un lado nos invadía la alegría de la llegada de un nuevo ser a la familia, por otro, estaba la desconsolación de la perdida de tres de mis tíos. Las emociones pueden ser incongruentes pero siempre prevalece el amor existente. Hay conexiones que no se pueden describir con palabras, una de ellas me sucedió al conocer a mi sobrino, lo amé desde el primer instante que lo vi. Ahora tiene cuatro años, es súper inquieto, como todo niño que es feliz, es ocurrente, inteligente, lo que más asombra es su empatía, puede que conscientemente no sepa lo que es una persona trans, pero a mi parecer, sabe perfectamente lo que significa la importancia de respetar los pronombres, lo digo porque es el máximo defensor cuando alguien se equivoca al nombrarme, y tal vez sea, porque como dice mi hermana “para él es fácil, te conoció como realmente eres y en su mente no hay un registro de cómo te conocimos nosotres”, como sea, mi sobrino, para mí, representa esa luz de esperanza de un mundo mejor, de la amable tranquilidad que te da fuerza para ser quien eres.

La ruptura del espejo

La identidad trans se construye desde cero, de lo que vas descubriendo de ti, rompiendo el molde de lo que te dicen que debes ser, sin responder a una conducta condicionada, sino a una conciencia con total presencia, que no busca afuera lo que vive dentro, que ya no obedece los dogmas establecidos, que cuestiona las normas, que se enfrenta no solo a los propios demonios, sino a los ajenos, a los que acechan el camino. Te enfrentas al espejo y sientes una ruptura escalofriante, una imagen que refleja la realidad, grietas, distorsiones y mentiras que se han acumulado, una ilusión forjada que pone en tela de juicio absolutamente todo sobre tu cuerpo, tus sentires, tus pensares, te confrontas a los ecos del sistema, a una sensación de querer tomar un martillo y romper ese espejo, cuestionas tus recuerdos, aquellos perturbadores que te hacían dudar de tu existencia y que te das cuenta en ese momento que eran parte de tu despertar, te observas en silencio con otros ojos, completamente distintos para encontrar respuestas, para destruirte y puedas reconstruirte, para vivir con esa fractura porque a la vez te das cuenta que la realidad  no es una estructura fija sino un acuerdo colectivo en el que te obligaron a participar, te dieron un guion que debías seguir y ahora tienes que crear el tuyo propio entre líneas para que puedas sintonizar en ese instrumento desafinado que funciona como “el mundo correcto”. Aprendes a interactuar con esa otra versión de ti que es observada por fuera, que ya no es influenciada, pero repercute en ti porque tu cuerpo entra en estado de alerta, te miran con sospecha, te señalan como algo peligroso, algo que ven con miedo, incluso repulsión, y digo “algo” porque ante el sistema y el cis-tema dejas de ser alguien, te despersonalizan al considerarte “diferente”, te ven como un objeto que debe ser corregido, regresar al camino de la rectitud, porque tu existencia les incomoda, pero para ti ya no hay regreso, esos archivos de información que tenías sobre ti han sido destruidos, sientes heridas, vértigo y un dolor que es parte del precio, pero también un regalo de la transición que te lleva a tu verdadera identidad, a tu verdadero ser.

El dolor de la opresión

De igual forma se pueden tener tropiezos como al leer noticias que alteran tu tranquilidad, tal como la de hace algunos meses donde el fallo de la Corte Suprema del Reino Unido, estableció, en términos legales, que “mujer” debe entenderse como toda persona con órganos reproductivos femeninos pretendiendo invalidar la existencia de las mujeres trans, que también afecta a todas aquellas mujeres que al “no cumplir” con los cánones establecidos de lo que debe ser, comportarse y verse la feminidad preestablecida son y serán señaladas.  Y aunque pareciera que no, esto incide a nivel mundial. Tan sólo en México, durante el mes del Orgullo 2025 y lo que va de julio, se registraron diez asesinatos de personas LGBTIQ+. En 2024 se reportaron al menos 80 crímenes de odio, de los cuales, la mayoría fueron hacía mujeres trans. Estos alarmantes sucesos son la evidencia de una violencia sistemática con la que ejercen poder hacía lo que se sale del patrón sexista, binarista, cisgenerista y patriarcal con la que pretenden reparar, excluir y eliminar, ya sea metafóricamente o literalmente lo que consideran “distinto”.

Esto no es nuevo, el sistema ha ejercido poder desde siempre, a lo largo de la historia han cambiado los métodos, pero la raíz sigue siendo la misma, controlar lo que no se ajusta a su ideal de “normal”, entonces etiquetan, aíslan, silencian, medican, torturan todo lo que supuestamente representa un peligro. Las técnicas se han ido adecuando a los tiempos, pero como bien dice y citando a Jessica Marjane La transfobia es tortura. ¿Alguna vez se han acercado a ver la definición de tortura y tratos crueles,  inhumanos y degradantes? La transfobia cumple con todas las características… 

¿Inclusión?

Entre los diversos activismos se ha hablado de inclusión, al buscar su significado, aparece “actitud, tendencia o política de integrar a todas las personas en la sociedad”, y aunque puedo estar de acuerdo en que se han logrado muchas cosas, no puedo evitar preguntarme ¿acaso las personas trans no pertenecemos a la sociedad, es que somos de otro planeta? Hasta donde tengo entendido, nuestros cuerpos no son ajenos a la Tierra, están formados por los mismos elementos, respondemos a sus ciclos, respiramos su aire, cumplimos con las características de cualquier ser vivo, y sin embargo el sistema se ha encargado de señalarnos como si no perteneciéramos, como si estuviéramos fuera de la naturaleza, sintiendo esa separación porque nos programan para reprimirnos, nos enseñan a temer de nuestra fortaleza, a sospechar de nuestro poder y sin saberlo vamos construyendo nuestra identidad bajo el mero concepto de cómo sobrevivir. Lo que duele no es la vida, es esa desconexión, ese colapso interno que surge de debatir tus creencias, los patrones aprendidos, ese dolor tan profundo que se enfrenta en silencio, esa tristeza acumulada que sientes que el cuerpo no da para más. Ese desmoronamiento que puede parecer una tragedia, es en realidad un renacer, y entonces tienes dos opciones, tirarte al piso dejándote morir, o suturar las heridas, secarte las lágrimas, levantarte, sacudir el miedo y seguir adelante, como sea, como se pueda, poniendo un pie delante del otro haciendo un camino nuevo, uno propio, con cicatrices, pero a salvo, dejando atrás la tormenta, sin olvidar, pero buscando la calma prometida que llegara después y te preguntas ¿qué parte de mí se está rompiendo ahora que tal vez ya no necesita ser reparada sino simplemente soltada?... respiras y sigues, guiándote por tu intuición, como si una parte de ti supiera exactamente a donde ir, aunque no exista la certeza racional de que así sea, lo que si sabes, es que todo eso que se siente, la inquietud, la intensidad emocional, la necesidad de un cambio, esa transformación consciente, eres tu eligiendo priorizarte, destruyendo el hábito de complacer al sistema, la tendencia a minimizar tus propias necesidades, pasando incluso sobre la comodidad de las limitaciones sociales.

Ser trans duele

Me encantaría decir que ser trans es lindo, pero no lo es, ni tampoco cómodo, es doloroso, se necesita coraje, se requiere de una fortaleza guerrera para combatir todos los días contra el sistema y cis-tema que nos percibe como un problema, que intenta invalidar nuestra existencia, el mismo que nos señala como rebeldes, que subraya nuestra rebelión como sólo una necesidad de amor y aceptación, sin detenerse a preguntar por qué, acaso no ven que la respuesta está en que es precisamente lo que nos han negado a través del rechazo familiar, social, incluso institucional. Y puede que algo tengan razón, porque el entendimiento, la compasión, la amabilidad y el amor son los verdaderos ideales revolucionarios. Así que si, las personas trans estamos haciendo la revolución del amor, pero no del que puedas aspirar o tener con una pareja, el amor también está en tomar las calles, en los gritos desaforados que rompen el silencio, en las consignas de la marcha clamando eufóricamente nuestra identidad, en liberar la furia contenida rompiendo y quemando los símbolos de la opresión, en documentar las protestas, en sentarse a dialogar con las autoridades, en exigir justicia por los actos de discriminación, por los crímenes de odio; en hacer o participar en la creación de políticas públicas; en las palabras escritas, habladas y compartidas, ya sea en la academia, conferencias, talleres, conversatorios, las aulas, las redes, etc., en fin, las personas trans estamos en todas partes, y el amor está en todo... incluso en un adiós.

Las personas trans somos esa flor que nace de la grieta del pavimento, que crece ante la adversidad de lo que parece imposible, representamos la posibilidad de sanar todo el dolor de la opresión que nos trajo hasta esta revolución, arriesgando la idea de perder el control sobre la felicidad propia, esa es la carga, como las alas que tienen un peso, ese peso que sentimos en la espalda, pero que nos hace volar, dándole ese sentido de libertad a nuestra identidad.

¿Por qué obedecer un s(c)istema? ¡Cuando podemos trans-formarlo! 

Imagen: Lu Peláez



Comentarios

Entradas más populares de este blog

El efecto del fallo de la transfobia

¡ÉSTA CIUDAD NO ES DE DERECHOS!